
Y hace ahora 20 años, Robert dijo, volvamos a los orígenes. Habían pasado 10 de aquel debut fresco y nuevaolero llamado “Three Imaginary Boys” (1979), y otro tanto de la conocida trilogía siniestra “Seventeen Seconds” (1980), “Faith” (1981) y “Pornography” (1982). Los de Sussex lo habían probado todo para desprenderse de ese halo oscuro al que se les asociaba, incluso tocando palos electrónicos (“the walk”). Tras un más que notable disco en 1985 (“The Head on the Door”), el posterior “Kiss Me, Kiss Me” (1987) era un album irregular, con joyas como “Catch” o “Just Like Heaven”, pero cuya excesiva duración daba cabida a algunos temas que debieron ser carne de Cara B.
Así las cosas, en 1989 The Cure se plantean el nuevo disco echando la vista atrás, recuperando las densas atmósferas de su época siniestra pero manteniendo la línea pop de sus últimos trabajos. El resultado es un disco conceptual homogéneo, con un sonido equilibrado y que suena a clásico en la primera escucha.
En “Disintegration” encontramos canciones densas, largas, atmosféricas, de contenido a veces áspero a veces ensoñador, un pop rico que no puede soportar más la ridícula etiqueta de siniestro. The Cure ya no deben absolutamente nada ni al Post-Punk, ni a la new wave, ni a los niños de San Ildefonso, lo que se nota de cabo a rabo a lo largo del disco. Y es cuando se desprenden de etiquetas y compañeros de viaje (principalmente Joy Division, Bauhaus y Siouxsie) cuando dan rienda suelta a su talento y alcanzan su cima compositiva, haciendo POP (en mayúsculas).
La exposición de los temas busca un ahondamiento en sus posibilidades emocionales y atmósféricas basándose en un ampliación del tempo y una exposición completa de la progresión melódica antes de que entre la voz. Así, los espléndidos textos de Smith caen en el terreno fértil del pop ensoñador una vez cerrada la entraña de la canción.
La apertura no puede ser más poderosa: “Plainsong” nos introduce en un viaje de ensueño gracias a una fastuosa obertura basada en teclados que remedan incluso la textura de las nubes. Robert canta en el límite del Universo un texto sobrecogedor bañado de irrealidad gracias al marco musical y al hermoso eco de su voz, aventurando las mil maravillas que nos esperan. No extraña que aún hoy la utilicen como apertura de muchos conciertos. Creo que está oscureciendo y parece que va a llover.
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“Pictures of you”
“Pictures of you” es la perfección pop, llevada a extremos mágicos de alquimistas inspirados, de la fórmula del disco, una línea melódica agotada hasta la exhaustividad sobre la que nadan fotografías que atan tanto como liberan. Fascinación y delicadeza en un solo flash.
Llega “Closedown” como una ciudad fantasma con el tiempo suspendido y una densa niebla. Azul, azul intenso que lo inunda todo. Atrapados en el tiempo.
“Lovesong” retrotrae a unos Cure más post-punk encerrados en un bucle que no por sencilla es menos certera, Robert arrastra y aniquila su voz casi al final, organillo de juguete, fue single y no me extraña. No sobra ni falta nada, ni una nota. Perfecta.
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“Lovesong”
“Last Dance”; es el último baile y Robert se pasa por el forro la ley no escrita de que en inglés hay que evitar las palabras de más de dos sílabas y surte de desgajados recuerdos un pasacalles siniestro de cuarto oscuro, tiempos de juventud que devuelven una causa pendiente. Las guitarras se tuercen y danzan.
“Lullaby” es una obra maestra absoluta, una nana alimentada por timbres nítidos de cuerdas que se apoderan de la parte final del tema, en un trayecto de horror bajo el que late una homoerótica aniquilación, gracias a algunos de los mejores versos de la cucaracha de Sussex. La nana nos sumerge en un sueño aún más profundo. El Hombre Araña casi consigue despertarnos. Un movimiento en la esquina del dormitorio, y ya no puedo hacer nada. Cuando me doy cuenta, aterrorizado, el hombre araña me tiene de cena.
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“Lullaby”
“Fascination Street” es la más difícil de abordar, por su desmarque del resto. Supone un guiño al sonido Madchester del momento, a la vez que recupera la aspereza de tesituras tan presente en “Pornography” así como la sensación de desnudo new-wave atmosférico del grandísimo “Seventeen Seconds”. Uf, tremendo cómo suena y resuena el bajo ahogando el sonido de tus pasos por el piso mojado. Es hora de marcha en la Calle de la Fascinación.
“Prayers for Rain”. Vuelven los ritmos atmosféricos, hay nubes, el tiempo pasa lento y pesado. Y no brilla el sol en ningún sitio, sólo reina la desolación, todo por esperar a que llueva. Plegaria para la lluvia.
“The same deep water as you”. Llegaron las lluvias y, con ellas, una de las cimas del pop universal. La banda cumple el ciclo las tres veces, y las tres veces la voz -aquí arcangélica gabrielana- de Robert nos descubre las aguas de las profundidades, alternándose con una guitarra perezosa que continúa la letra con una sucesión de acordes melancólicos.
La titular “Disintegration” es un album de imágenes surrealistas bañado por pétalos de locura, uno de los temas más largos del álbum, lo que no impide que sea también de los más dinámicos. Es la hora de nuestra desintegración.
“Homesick” sirve de catártico remanso agridulce, guitarra y piano describen meandros modales, con un Robert que juega la baza del contraste mediante un tono dubitativo; no me extraña, porque todo lo que ayer ganaste es nada hoy. Nunca podremos regresar a casa.
“Untitled”. Pop exuberante, órgano grande, gong y fantasía amarga a pesar de la chispeante instrumentación. El mejor cierre posible para un disco imposible. El regusto de la derrota que deviene la victoria de la música y de la poesía. Nunca dejaré de sentir miedo, nunca soñaré contigo de nuevo.

“Prayers for Rain” (live)
La gira Prayer Tour que siguió al lanzamiento del disco proporcionó algunas de las mejores actuaciones de The Cure de toda su carrera. Tras un merecido descanso, repetirían la fórmula en el también magnífico “Wish” (1992), y tras la larga gira Wish Tour comenzaría un lento descenso compositivo que aún hoy no se ha detenido. Era algo lógico, si tenemos en cuenta que se mantuvieron 14 años a años luz de la media. Llegaron muy alto, nadie estuvo tanto tiempo en la cima, y “Disintegration” fue su Everest particular.
Pido perdón por la extensión excesiva, es lo que tiene escribir sobre una de mis debilidades.
Fuentes: Rockdelux y Muzikalia