
Aún recuerdo cuando hace ahora 10 años, Héctor me dejó el nuevo disco de Mercury Rev para pasarlo por mi recién comprada grabadora de cd. La imagen que tenía del grupo era la de una banda demasiado compleja, enredada en conflictos internos y que sólo llegaron a interesarme al escuchar años antes algún tema de “Boces” a todo trapo. Nada volvería a ser igual.
Entremos en antecedentes, pues hubo muchos cambios hasta “Deserter’s songs”. El irrepetible díptico “Yerself is steam” / “Boces” había explorado todo posible recoveco espaciotemporal del rock psicodélico. La fórmula, insultantemente perfecta en “Boces”, estaba cerrada y culminada. La marcha de David Baker y el giro estilístico dado con “See you on the other side” (inmejorable ejemplo de lo injusta que puede resultar la etiqueta de “disco de transición”) prefiguraban un futuro del que, precisamente, nada se podía prefigurar. El grupo estuvo al borde del fin (una temporadita en barbecho), como quizá alguno de sus componentes. El regreso de 1998 con la obra que nos ocupa ahora muestra a unos Mercury Rev en inesperada plenitud: el tándem creativo Donahue-Grasshopper está más inspirado que nunca, y Dave Fridmann (una de las mentes más superdotadas en orquestación rock) aparece absolutamente integrado como un creador parigual con los citados.
Es inaplazable hablar de la reconversión estilística de Mercury Rev. Los de Buffalo alcanzaron estratosféricas cotas con sus dos primeros discos en su visión particularísima de un rock psicodélico entendido como manifestación y experiencia límte. El esbozo, brillantísimo, de “Yerself is steam” (1991) exhibía como exponentes una desmedida aplicación de exuberancias expresivas al formato de canción rock, expandiéndola, negándola o estrujándola como en el frenesí de un corazón hiperexcitado, o bien anegando en inesperados torrentes de maximalismo sonoro su precario equilibrio, así como un empleo omnicomprensivo, orquestal, del ruido en dos vertientes: la sustitución de la línea melódica convencional o su zapa consciente.
La perfección llegó con “Boces” (1995), que parece que gestado en plena orgía de ideas y de otras cosas menos legales: los arrebatadores diez minutos de “Meth of a rockette’s kick”, en los que todo el rock como arma expresiva se encuentra contenido y elevado a indecibles límites de grandeza; la vesatilidad de “Something for Joey”, ampliada en los vaporosos mundos de “Boys peel out”; la fastuosa explosión de alegría creativa que resplandece en “Bronx cheer”; o ese anonadante, orgásmico, demencial chute de speedball que es “Trickle down”, que reduce las tonterías satánicas de los Rolling Stones y demás presuntuosos de rock sulfúrico al ridículo más absoluto.
Bueno, todo eso queda algo arrinconado ante el más “progresivo” tercer paso, el también citado “See You On The Other Side” (1995), en el que el grupo se reconvierte a sonidos menos agresivos, menos desquiciados, pero sin el menor propósito de dar un solo paso atrás en sus horizontes de creación. Si antes racionalizaban estratégicamente la distorsión y enloquecían los demás instrumentos, ahora pisaban un terreno en el que ya no eran tan pioneros.

“Goddess on a hiway”
CONTENIDO.
El disco es un compendio de canciones pop o pop-rock sin sorpresas estructurales, a veces dotadas de estribillos y apartes instrumentales, a veces afirmadas desde patrones folk (“Hudson line”). La clave de estilo sigue manteniéndose en la exuberancia sonora, instrumental de las canciones, pero de signo diametralmente opuesto a “Boces”. La distorsión ha sido concienzudamente erradicada, y en su lugar Mercury Rev aplican un estilo que busca y alcanza una belleza sonora subyugante y acogedora, barroca en sus cromatismos cálida en su propuesta de una suerte de Parnaso musical en que todo resulte hermoso sin empalago, floreciente y limpio en su perfección estética. Se trata de un disco atemporal, que surgió en el 98 como “Forever changes” en el 67 o “Screamadelica” en el 91. Suena eterno, de cualquier década.
Sobre todo, puede afirmarse todo lo anterior de las tres primeras canciones (“Holes”, “Tonite it shows” y “Endlessly”), hermanadas por un fuerte parecido. Su corolario, el corte instrumental “I collect coins”, es un delicioso fragmento de aire anticuado con un efecto de “sonido vinilo” que recuerda a esos relatos sobre casas abandonadas en alguna aldea perdida.
Esas tres canciones participan en la creación de una sensación de duermevela cercana a la aurora, ese “Vargtimmen” que dio título a una gran película de Bergman, la hora del lobo en que nacen más niños y mueren más ancianos. En particular, “Holes” es más expectante, más emotiva, menos contemplativa que las otras dos. Un pórtico inmejorable para “Deserter’s songs” en que Jonathan canta con una convicción y una expresividad que difícilmente uno podía esperar poco tiempo atrás. El inicio orquestal es comparable a la cinematográfica “suspensión de la incredulidad”, invitando a un viaje glorioso repleto de maravillas y tesoros musicales.
La sencilla “Tonite it shows” y la más elaborada “Endlessly” nimban las agridulces letras con una instrumentación de exuberancia arcaizante, en las que Fridmann está como pez en el agua blandiendo instrumentos de cuando el mariscal Radetzky hizo la mili, o poco menos. Sobre todo, ese insuperable “Endlessly” que homenajea con falsos coros marcianos una posible inspiración en Morricone, fundidos con desarmantes fraseos de harpsicord y bajorrelieves de melotrón.
El tono más movido y desenfadado del resto del disco se empieza a notar ya con “Opus 40″, la de más clara raigambre Beatle de toda la discografía mercuriana y con algunos préstamos dylanianos en la letra.
Palabras mayores la siguiente, “Hudson line”, flanqueada por saxo, guitarra algo Keith Richards y un alegre Hammond. En cuanto la voz nos dice adiós (es la única que canta Grasshopper, de cuya mano va la preciosa letra, absolutamente folk, con esas canónicas repeticiones de “la ciudad”, vista además como lugar de perdición), Dave y Jonathan alfombran un muro de sonido en que los exquisitos detalles que cada instrumento brinda se solapan y contrapuntean en un delicioso fin de fiesta.
“The happy end (the drunk room)”- nuevo fragmento instrumental que premiosamente nos despereza al son de una tendencia cada vez más clara en el disco a apostar por un tono más rock sin arrinconar los himnos preciosistas, no en vano aparece de repente “Goddess on a hiway”, el tema más célebre del disco, pero en modo alguno el mejor. Más desprovisto de fuselaje analógico, más orientado también a términos convencionales, no oculta su entrañable pequeñez, discurriendo sin sorpresas pero con una sencillez melódica que atrapa a la primera. Está guapa.
“The funny bird”- je, aquí lo arreglan, y de qué manera. El apoteósis sonoro, toda una avalancha de grandiosidad instrumental impía y colapsada, sin medida, a la que no es ajena esa voz filtrada que desgrana un hermoso devocionario de imágenes fantasiosas. Es como si la música reflejase, subrayase el desequilibrado mundo que describen los versos de Jonathan, hasta tal punto que nos identificamos con ese pájaro feliz al abandonar la jaula justo en la cima de catarsis sonora.

“The funny bird” en directo
“Pick up if you’re there” y el corte oculto final son otros dos instrumentales, tan extravagantes y sabrosos
como los anteriores, que parecen extraídos del folklore majareta de alguna tribu de la Luna.
Entre ellas, “Delta sun bottleneck stomp”, letra de Jimmy y mucho sabor popular. Empieza en plan pachanga-beat y termina con un precioso homenaje al “Hello goodbye” que los Beatles incluyeron en su “Magical Mistery Tour”.
“Deserter’s songs” es un disco maravilloso, único, descomunal, que suena por momentos bajado del cielo a la tierra, de una riqueza no sólo inigualable sino que podría avergonzar al 99′99% de los discos que son tenidos como clásicas e indiscutibles obras maestras. “Deserter’s songs” es un prodigioso reconstituyente que suena como los ángeles, como música hecha por querubines. UNA PUTA MARAVILLA.
Fuentes consultadas: www.muzikalia.com , www.allmusic.com